Así habló Gran Bretaña

¿Es posible hacerse adicto a una serie protagonizada por dos actores varones que no hacen sino practicar la incorrección política imitando a personajes estereotipados de su país natal?  Con estos datos, es lógico que nos surga un gigantesco NO, al venírsenos de inmediato a la cabeza el universo pesadillesco de Los Morancos y de otros dúos humorísticos televisivos, poblado por  vanes, antonias y demás fauna chusca. Que no cunda el pánico: aquí se hablará de Little Britain, la serie de humor de la BBC más premiada, exitosa de público y generadora de merchandising de la última década. Sus artífices, los actores Matt Lucas y David Walliams, se formaron en el National Youth Theatre británico ―institución que no enseña a producir humor vociferante sino todo lo contrario―, y hoy no pueden salir a la calle sin que los lugareños les pidan incesantemente que repitan las frases antológicas de la serie.

 

Concebida primero para la radio y televisada por la BBC a partir de 2003, Little Britain es prima hermana visual de las fotografías del también británico Martin Parr. En su documental Think of England,  realizado  para la propia BBC en 1999, Parr iba en busca de una respuesta visual a la pregunta: ¿Qué significa ser inglés? La versión fotográfica de este trabajo, editada por Phaidon un año más tarde, nos permite apreciar el muestrario de iconos y elementos perturbadores en los que el fotógrafo puso magistralmente su ojo: infelices veraneantes en un Brighton más bien grisucho y azotado por la ventisca; estampados de vestimentas y cortinas que dañan la vista; viviendas de protección oficial de ladrillote setentero; pamelas floreadas con sus propietarias debajo, y pijerío masculino de expresión hierática ataviado con chisteras grises y disfrutando de un té sobre el cesped. Ese es el tuétano de la inglesez para Martin Parr y de alguna manera también para Little Britain, que el pasado otoño estrenó su tercera temporada. Pero la serie concede también espacio, como su título indica, a la idiosincrasia del resto de acentos escuchables en las Islas Británicas. Así, Gales está presente por medio de Daffyd, el autoproclamado único gay del pueblo de Llandewi-Brefi; Escocia a través de Ray McCooney, el estrangulable dueño new-age de un hotelito de turismo rural en las Highlands, y Bristol gracias a la ininteligible Vicky Pollard, una adolescente de chandal fucsia de tactel que a sus 15 años ha dado a luz más veces de lo recomendable.

Acostumbrados a las series de sketches en las que la omnipresencia del acento y salero andaluces, ya se esté imitando a un navarro o a un alicantino, parece inevitable, aguzamos oídos y ojos gratamente sorprendidos ante una serie en la que las variantes dialectales y el habla específica de cada personaje se trabajan tanto como se trabajaría la dicción en una obra de la Royal Shakespeare Company y donde la risotada y el atropellamiento de los actores que intervienen no tienen cabida. La versión británica de “cuñaao”, “qué pasa, Neng” o “un poquito de por favor” proviene a día de hoy casi actualmente de Little Britain. Basta con echar un vistazo a la página oficial de merchandasing littlebritánico www.littlebritainstore.com: en ella encontramos un muestrario de camisetas, tazas y gorras que llevan estampadas las frases estrella de toda la fauna de personajes de la serie. Así, Computer says no, muletilla de la anodina auxiliar administrativo Carol Beer; I´m the only gay in the village, a cargo de Daffyd, o cualquier fragmento del discurso inarticulado de Vicky son los grandes megahits. El trofeo a los más representados en forma de producto comercializable se lo llevaría la pareja disfuncional de amigos integrada por el buenrollista Lou, con su dejecillo de barrio, y su amigo Andy, que va en silla de ruedas por la pura pereza de andar. Es tal su popularidad que, desde 2005, figuran encerados en el museo Madame Tussaud de Londres.

 

Pero Little Britain no es una mera colección de muletillas: es también, como diría la publicidad de Carlsberg, probablemente el mejor retrato televisado de la sociedad contemporánea británica que existe en el mundo. Además de las voces de Lou, Andy, Vicky, Daffyd, el pijo malcriado Harvey o el hipnotizador vago Kenny Craig, las intervenciones absurdas del narrador en off Tom Baker, votado como la cuarta voz más reconocible de todo el Reino Unido por detrás solamente de la Reina, Margaret Thatcher y Tony Blair, es otro de sus elementos tan característicos como imprescindibles. Frases ionesquianas como “son las Peter y media en Glasgow” o afirmaciones como “Los pijos son más listos y mejores que la gente corriente, de ahí que tengan mejores casas” son la mejor introducción para cada uno de los sketches de una serie que merecería ser repuesta más veces todavía si cabe que Verano Azul.

  

Enlaces en internet

http://www.bbc.co.uk/comedy/littlebritain/

http://www.littlebritainstore.com/

http://www.davidwalliams.com/LittleBritain.htm

http://www.martinparr.com/

 

(Texto publicado originalmente en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 9 de agosto de 2006)

 

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‘Harry Potter’ de Avellaneda

Unos le llaman homenaje y otros directamente plagio, pero lo cierto es que los personajes del universo Rowling se multiplican

El gusto por lo apócrifo data de tiempos inmemoriales. Le pasó a Cervantes y le ha pasado a J. K. Rowling, a quien le salen Harries y Harriettes espurios por doquier a nada que se despista. La que más ha hecho enfadar a la escritora escocesa ha sido Tanya Grotter, una niña rusa dotada de sus correspondientes poderes mágicos y lunar distintivo que, a falta de escoba, viaja en un contrabajo volador. Mientras los abogados de Rowling hablan de plagio, su autor, Dimitri Yemets, prefiere emplear el término respuesta cultural y sostiene que las historias protagonizadas por su bruja en ciernes se basan en la tradición folklórica rusa. A pesar de este carácter localista, Dimitri trató de situar a Tanya no sólo en países de alfabeto cirílico sino también en Holanda, donde, en 2003, la editorial Byblos tuvo que vérselas con Rowling y Time-Warner y, tras el careo, retirar los 7000 ejemplares del libro de Yemets publicados en los Países Bajos.

Las principales reticencias que genera la comercialización de estos libros parecen estar directamente relacionadas con la vista cansada de los abuelos: a los niños, tan hipersensibles a la marca y a la autenticidad de lo que consumen, nunca les darían Tanya por Harry pero, ay, el abuelete que se ha dejado las gafas de cerca en casa y quiere hacerle un regalo a sus nietos es fácil que no distinga cuál es la portada auténtica, pues también en las de esos otros libros se emplea despreocupadamente la tradicional tipografía harrypotteriana que tan bien conocemos. En cualquier caso, el miedo a que hordas de Rompetechos potenciales agoten por error las existencias de la obra completa de Karl Popper cuando lo que buscaban eran historias sobre un aprendiz de mago parece un poco desmedido. De hecho, la parodia feroz de su retoño, aunque se venda como churros en todo el mundo, no le parece mal a la mamád e Harry, que no pone pegas al norteamericano Michael Gerber para que siga adelante con su microsaga de tres libros cuyo personaje central es Barry Trotter, un reformulado Harry Potter quien, a sus 22 años, sigue siendo alumno del colegio Hogwash en lo que supone una muestra de realismo social.

Afortunadamente, la saludable forma de homenaje que supone la parodia ha seguido produciendo títulos como Harry Plodder y la piedra del riñón,una historieta de Desmond Devlin y James Warhola aparecida en marzo de 2000 en la revista estadounidense de humor Mad Magazine,que se animó a dedicar por entero su número de diciembre de 2001 al personaje de Rowling.

Y si nos ponemos muy harrycentristas tendremos que considerar plagiarios por anticipación hasta a los Monty Python, que crearon el personaje de Harold Potter en el séptimo episodio de su Flying Circus,o a Nancy Stouffer, quien aseguró haber publicado en los ochenta The Legend of Rah and the Muggles, con Larry Potter en el papel principal. Desde su página web pobremente diseñada, la infausta Nancy sigue tratando de alzar su voz y de animar a sus seguidores a enviarle muestras de apoyo en forma de dinero a una dirección de Pennsylvania. Siendo realistas, el plagiario por anticipación tiene tirando a pocas oportunidades de salir adelante, y eso lo sabe hasta Luixi Toledo, el presunto creador genuino del tema Thriller, popularizado injusta y universalmente por Michael Jackson.

Tras dejar a un lado a esos gamberretes que deforman el universo Rowling para hacerse con unos cuantos dólares, centrémonos en los verdaderos devotos de su obra: los autores de fanfictions o, en versión abreviada, fanfics. La ficción creada por fans (de ahí su nombre) se divulga copiosamente por internet en páginas especializadas en las que los autores, muchos de ellos espeluznantemente jóvenes, respetan todos los elementos que acompañan tradicionalmente al Harry Potter de los siete tomos y se dedican a imaginar nuevas historias que el Ur-Harry nunca tendrá ocasión de vivir: desde un rollete con el profesor Snape aun idilio tórrido con Hermione, porque todos los cruces sentimentales entre personajes son válidos, especialmente en el subgénero slash,que engloba los fanfics de temática homosexual. Como con frecuencia sucede que los hinchas de Harry Potter lo son también del universo Tolkien o de Bola de Dragón, o de otros personajes imaginarios, la categoría de fanfiction denominada crossovers, que haría interactuar sin pudor a Frodo con Voldemort, es una de las más populares.

La red ha facilitado la reproducción por esporas de este tipo de narrativa, que, muy probablemente, ya practicaran los niños criados a base de productos Enid Blyton a pesar de que las posibilidades de divulgación de sus fanfics fuesen irrisorias. Lástima, porque quién no ha fantaseado, tras empacharse de aventuras de Los Cinco, con una ambigua Georgina achispada por unas cervezas de jengibre que por fin se abalanza sobre la modosita Ana o, fuera del mundo Blyton, con una salida de armario del servil Sancho o del naranja Epi. Por suerte, ahí está internet como herramienta para divulgar nuestro derecho a ser Pierres Menards a tiempo parcial.|

(Artículo publicado originalmente en la sección Reciclaje del Suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 4 de mayo de 2005)

Desorden y progreso

Principios de octubre. Auditorio Sanders de la Universidad de Harvard. Mil cien pares de gafas montura metálica con cristales de más de cinco dioptrías acompañados por sus correspondientes dueños: se trata de la ceremonia anual de entrega de los premios Ig Nobel, una parodia de los Nobel suecos que, desde 1991, galardona a aquellos que realicen los descubrimientos e inventos más patéticos del universo.

Sus artífices son Marc Abrahams, actualmente columnista en The Guardian,y otros ideólogos de la revista de humor científico (si es que existe tal categoría) Annals of Improbable Research,una especie de Mad Magazine para investigadores. En efecto, la palabra nerd se nos viene a la cabeza de inmediato ante este grupo de gente que bloquearía la máquina de corregir tests de inteligencia con sus altísimos resultados y que se reúne anualmente para, entre carcajadas, premiar descubrimientos tan reales y complejos como inútiles. Por algo el lema de los premios es Primero reírse y después pensar.

Un breve vistazo a la lista de hallazgos distinguidos con el galardón nos hace ver que muchos de ellos están en su mayoría conceptualmente emparentados con los objetos imposibles de Jacques Carelman o con los inventos descabellados del japonés Kawakami. Algunos proyectos, como el del tokiota Yoshiro NakaMats, Ig Nobel de nutrición en 2005 por fotografiar y analizar retrospectivamente todas sus comidas durante 35 años, podrían llegar incluso a ser confundidos con obras de Sophie Calle.

Cataluña y las comunidades valenciana y balear están orgullosas de ser las representantes españoles en los Ig Nobelizados gracias al tarraconense Eduardo Segura (Ig Nobel de Higiene por la invención de una lavadora automática para perros y gatos) y a Carmen Roselló, de la Universidad de Baleares, que, junto a un equipo de científicos de la Politécnica valenciana, focalizó su atención en algo tan poco mediterráneo como la velocidad de los ultrasonidos en el interior del queso Cheddar.

Pero además de premiar a candidatos cuyo perfil típico sería un cruce entre Marie Curie y Jerry Lewis en su papel de profesor chiflado, los organizadores han aprovechado algunas ediciones del premio para dar codazos ideológicos a gobernantes y multinacionales otorgándoles irónicos Ig Nobeles: en 1996 el de la paz recayó en Jacques Chirac “por conmemorar el cincuenta aniversario de Hiroshima realizando pruebas nucleares en el Pacífico”. Esta modalidad de premio-denuncia ha ido remitiendo paulatinamente en favor de proyectos menos dañinos para la humanidad; prueba de ello es el Ig Nobel de la paz entregado al japonés Daisuke Inoue, inventor del karaoke, “una manera totalmente nueva de enseñar a la gente a tolerar a los demás”.

La dinámica de la entrega de premios es, como no podía ser menos, muy solemne. A falta de reyes de Suecia, ocupados en los preparativos del Nobel oficial, se cuenta con los reyes de las albóndigas suecas (The King and Queen of Swedish Meetballs)para presidir el evento. Después llega el momento de las consabidas medallas, aplausos y discursos. Para controlar su duración, nadie más eficaz que Miss Sweetie-Poo, una niña de ocho años que no tiene pudor en mostrar su aburrimiento a gritos si los participantes se exceden en el número de minutos que les han sido concedidos para hablar.

Además, el acto proporciona un espacio para que los miembros del Luxuriant Flowing Hair Club for Scientists (Club para científicos de cabellera suelta y abundante) luzcan sus melenas y sean merecidamente aplaudidos por ellas. Con esta última iniciativa se lo pasan especialmente pipa los chicos de Improbable Research:no hay más que ver el orgullo con el que exhiben en su página web (www. improbable. com) las fotos de los científicos que pertenecen a esta versión amigable y capilar de la sociedad secreta Skull and Bones.

Y por si en algún momento se nos hubiera cruzado por la mente que los Ig Nobelizados fuesen unos quiero-y-no-puedo en el campo del saber, tenemos el caso de Roy Glauber para desmentirlo. Glauber, que fue el encargado de barrer durante años los avioncitos de papel que sus graciosos compañeros de ceremonia Ig Nobel lanzaban durante aquella (calculando mentalmente en segundos la trayectoria hiperbólica que harían, por supuesto), viajó a Estocolmo en 2005 para recibir un auténtico premio Nobel de física.

Con tantísimas atracciones, la rabia ante la imposibilidad de acudir a Boston en octubre nos llevará seguramente a darnos cabezazos contra la pared. No es necesario: por suerte, los chicos listos y excéntricos de Ig Nobel realizan una gira anual por distintas ciudades del Reino Unido y otros países europeos a modo de titiriteros superdotados.

(Artículo publicado originalmente en la sección Reciclaje del suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 10 de octubre de 2007)

Hermano oso grizzly

Su obsesión por los plantígrados le ha llevado a  inventar un traje especial, el Ursus Mark, para poder estudiarlos sin arriesgar la vida

San Francisco de Asís, Ángel Cristo, Diane Fossey: todos ellos mantienen o han mantenido una relación intensa con animales considerados salvajes,y ante cuya presencia en libertad otros humanos huirían despavoridos. Troy Hurtubise, nacido en Ontario hace 44 años también la mantiene, en concreto con los osos Grizzly, tan frecuentes en los bosques canadienses como lo son los tábanos a orillas de los pantanos ibéricos.

Pero no nos engañemos hacia los simpáticos ositos: el hablar de ellos a menudo en diminutivo y el haber creado todo un universo de ficción a su alrededor compuesto por el Oso Yogui, Winnie the Pooh y los Teddy Bears, entre otros muchos, no los exime de ser, en realidad, animales muy alejados del adjetivo entrañable.Troy era consciente de ello, básicamente porque a los 20 años fue atacado por un oso Grizzly cuando caminaba por los bosques canadienses. Este encuentro tuvo un efecto similar al de la picadura de araña en el futuro Spiderman: Hurtubise decidió aprenderlo todo sobre aquellos animales, y, como herramienta, ¿qué mejor que construirse un sofisticado traje a prueba de osos para que, en sus acercamientos científicos a los Grizzly, su camisa a cuadros de leñador no sufriera ni un mal desgarro?

Pero la conexión entre desear estudiar a los osos y pasar a construirse una inexplicable neoarmadura ha de provenir de un momento epifánico. Dicho momento tuvo lugar ante la televisión: en 1987, mientras Troy veía RoboCop y por eso no es de extrañar que el pret-à-porter plantígrado diseñado por Hurtubise tenga esa estética transformer tan característica. Durante 15 años estuvo urdiendo planes y perfeccionando ideas hasta obtener, ya en los 90, su primer modelo: el Ursus Mark VI, un traje con nombre de transbordador espacial que pesaba 65 kilos y parecía cumplir todos los requisitos para el avistamiento cercano de osos. No fue así: su interlocutor osuno logró desgarrar la cota de malla del Mark VI, con el consiguiente riesgo para Hurtubise, que vio necesaria la construcción del Ursus Mark VII, una versión 5.1 del anterior, fabricado principalmente en acero inoxidable, con un peso de 84 kilos y, esta vez sí, cota de malla a prueba de tiburones.

Si Troy intuía que su alocado proyecto lo iba a convertir en un representante oficial de la cultura pop, eso no nos consta. Para empezar, el National Film Board de Canadá supo de su invento y se interesó por él inmediatamente. Esto dio lugar al documental Project Grizzly (1996), dirigido por Peter Lynch, que logra captar la mezcla entre sinceridad y estetío-está-como-un-cencerro del su personaje estrella. En la película se documentan visualmente las hercúleas pruebas que Troy realizó con su traje blindado antes de mostrárselo a la comunidad Grizzly: despeñarse repetidamente por laderas escarpadas, recibir choques frontales de un coche más veces de las aconsejadas por la Organización Mundial de la Salud y otras felonías que daban fe de la resistencia tanto del Ursus Mark VII como del propio Troy. Y no podemos dejar de citar aquí un dato doloroso que surge por asociación libre: si Hurtubise está vivo gracias a sus dos Ursus Mark, no pueden decir lo mismo Timothy Treadwell y Amie Huguenard, amantes también de los osos Grizzly y fallecidos a zarpas de uno de ellos en el Parque Nacional de Katmai (Alaska). Otro documental de título parecido habla de ellos: el celebrado Grizzly Man (2005) de Werner Herzog.

Project Grizzly fue elogiado por Tarantino. Homer Simpson se construyó un traje a prueba de osos emulando a Troy en uno de los capítulos de la serie y entre marzo y abril de 2007 se realizó una exposición colectiva en la galería Flux Factory de Nueva York donde se rendía tributo al proyecto vital de Troy. Además, el canadiense fue galardonado en 1998 con un Premio Ignobel, la versión paródica de los Nobel suecos, por su traje blindado. Un premio como este, otorgado normalmente a prototipos de inventor chiflado, es el idóneo para Troy, que da el perfil exacto no sólo por sus trajes anti osos, sino también por proyectos como Luz Angelical (Angel light), dispositivo que le permite ver a través de las paredes, o la Pasta de fuego (Firepaste), una especie de masa similar a la cerámica que no arde ni a cañonazos.

(Artículo publicado originalmente en la sección Reciclaje del suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 7 de noviembre de 2007)

greguería tridimensional

Llega una nueva generación de objetos imposibles surgidos de la mente de diseñadores pioneros, como Jacques Carelman o Kenji Kawakami

Existen y son adquiribles las sandías cuadradas que permiten ahorrar espacio en su almacenamiento, el salvaeslip para tanga, las tiritas negras para pieles oscuras y la fiambrera de plástico especialmente concebida para albergar plátanos. Esta alta concentración de especificidad en ciertos objetos se debe casi siempre a la mente de los diseñadores industriales quienes, tras detectar cualquier nueva micronecesidad humana, se reúnen con urgencia en un despacho amplio y diáfano y tratan de paliarla dándole apariencia de manufactura.

Uno de los precursores de estos frutos del ingenio que creemos recientes fue el artista francés Jacques Carelman, quien preparodió cachivaches similares a los arriba citados en su Catálogo de Objetos Imposibles publicado en 1969. Tras leer en su infancia el de la fábrica de armas y velocípedos de Saint-Étienne, el joven Carelman sufrió una especie de epifanía que le llevó a reparar en las inmensas posibilidades del catálogo como objeto artístico y, años más tarde, a crear el suyo propio. En él encontramos desde unos (poco) prácticos moldes para fruta, que se han de colocar en ellas cuando aún están en el árbol para que tomen formas de pez, avión o pistola, hasta un cartel con flecha indicadora no violenta ¾con ventosa en lugar de punta¾ que resulta perfecto para maniáticos de la corrección política.

En un deshojar perpetuo de la margarita del me-facilita-la-vida/me-la-dificulta, los objetos de Carelman beben de la tradición dadaista y surrealista ¾las páginas de su catálogo están llenas de citas de Tzara, Bretón y Duchamp¾ y, quizá sin que él mismo sea consciente, de las greguerías de Gómez de la Serna, descritas por su autor como suma de metáfora + humor. Si Joan Brossa y Chema Madoz, por poner dos ejemplos peninsulares, han logrado extraer todo el potencial artístico de un objeto aparentemente convencional, Carelman ha sabido mostrar sus inmensas posibilidades de uso y su ridiculez en todo su esplendor, de ahí que todavía tengamos en mente su producto estrella: la cafetera para masoquistas, que junto a otros objetos ha sido expuesta en ciudades tan dispares como Madrid, Jerusalén, Tokyo o Hamburgo.

Y como todo lo inimitable parece suscitar la necesidad de ser recreado, al objeto carelmaniano le salió en los noventa un sobrino lejano japonés: el Chindogu, que literalmente significa herramienta extraña o deformada. Su artífice, Kenji Kawakami, ha reunido estos inventos aparentemente inútiles y descabellados en cuatro libros y, desde el prólogo del primero de ellos, nos anima a lanzarnos a la fabricación de engendros variopintos como el masticómetro o la uña del pulgar para pelar naranjas. Eh, eh, pero no vale con limitarse a abocetarlos en una servilleta de papel para echarse unas risas al respecto: el arte del Chindogu posee su propio decálogo en el que se aclara que, para ser considerado un chindogu de pro, el objeto ha de haber sido construido, si bien no puede venderse ni patentarse.

Al hojear ambos catálogos, sus puntos en común son fácilmente detectables: la fascinación por la navaja suiza, el poliobjeto por antonomasia, es uno de ellos. Tanto Carelman como Kawakami tienen pinta de haber disfrutado como enanos en su relectura, que llevó al primero a redimensionarla y transformarla en un artilugio del que salen un cepillo de dientes, un plumero y un revólver, y al segundo a convertirla en un aparato inmanejable del que brotan herramientas de jardinería.

Pero hay dos objetos de primera necesidad cuya presencia frecuente en ambos catálogos nos da bastante que pensar: ¿De dónde viene esa compulsión por versionar gafas y paraguas? Parece obvio que ha de haber alguna carencia en esos dos objetos cotidianos que suscite tanta relectura aparentemente humorística. Lo que el diseño industrial no ha logrado hacer de ellos, Carelman y Kawakami se ven casi obligados a conseguirlo: el paraguas porta-bolsas de la compra, el concebido para países secos, el especial para zapatos… así como las gafas antivértigo, las diseñadas para pelar cebollas o las dotadas de un embudo para aplicarse gotas en los ojos con facilidad. Y en medio de toda esa actividad cerebral desmesurada estamos nosotros, medio acostumbrados a nuestros incompetentes paraguas que se dan la vuelta con la primera ráfaga de viento, y resignados a que nuestras gafas se sigan empañando indefectiblemente al entrar en un lugar caldeado en invierno. Nos urge un chindoguista de guardia que venga a subsanarlo con un invento ad hoc. Y si esto no es posible, siempre nos quedará el Profesor Franz de Copenhague.

Enlaces

http://www.designboom.com/eng/

http://www.cienaniosdeperdon.com.ar/IO/

http://home.bawue.de/~jtesch/chindogu.html

(Artículo publicado originalmente en sección Reciclaje, suplemento Cultura/s, La Vanguardia, 6 de julio de 2005)