Milán, la ciudad de los proyectos

Antes de conocer Milán ya tenemos una idea preconcebida de ella a traves de los comentarios de ciertos visitantes: Milán es feúcha, nos dicen. Eso nos hace preguntarnos si merece la pena visitar esa ciudad italiana, hermanastra de Roma o Venecia en lo que respecta a belleza. Milán no es ese hombre escultural con abdominales en forma de tableta de chocolate ni esa mujer imponente pero inabordable; Milán es más bien ese tipo que, aunque al principio pase algo desapercibido, nos acaba resultando verdaderamente atractivo por su conversación y bagaje vital.

Si nos preguntan con qué palabras asociamos Milán diremos que con moda y diseño, pero la palabra estrella, la que va más a juego con la contemporaneidad milanesa, es proyecto. Milán es una ciudad para proyectar e idear actividades de diversa índole, no para quedarse mirándola con la boca abierta. La primera sensación que tenemos al recorrerla es la de encontrarnos intensa e indudablemente en el cogollo de Europa al ver sus bicicletas, edificios neoclásicos y tranvías de tres modelos: los ultramodernos cubiertos de publicidad, los de diseño sesentero y los favoritos de lugareños y visitantes, llamados ventotto por datar del año 1928. Al mirar hacia arriba en Milán no nos esperan cúpulas renacentistas ni fachadas barroquísimas por doquier sino más bien la maraña formada por los hilos del tranvia y los cables de las luces que cuelgan e iluminan las calles desde lo alto ―nada de farolas―, dándoles de nuevo un clima centroeuropeo que nos transporta a ratos a los años cuarenta del pasado siglo. Además de sus tintes berlineses, Milán tiene componentes fuertemente tiroleses y alpinos: se ven abrigos Loden por la calle, colores verde caza, tiendas de alimentos suizos, y su viento como serrano hace pensar en los no muy lejanos lagos y comarcas de montaña.

Los iconos de Milán nos los sabemos casi de memoria aún sin conocerla: el Duomo, la vecina galería Vittorio Emanuele II y los frescos de la Última Cena de Da Vinci. Todos ellos aparecen en las postales de los quioscos junto a imágenes del edificio discreto del Teatro alla Scala, que, así como quien no quiere la cosa, es el teatro de ópera más representativo del planeta. Por supuesto que, aunque tengamos ansia de descubrir otros milanes, es obligatorio darse un paseo por la plaza del gotiquísimo Duomo, en cuya fachada semirrestaurada ya se distinguen distintos tonos de mármol; ver alguna exposición en el aledaño Palazzo Reale y atravesar la emblemática galería comercial que, inaugurada en 1867 por el rey Vittorio Emanuele II, marca los inicios de la era del consumo con sus tiendas de lujo y menos lujo y su antiquísimos bar Zucca y librería de arte Bocca. No deja de sorprendernos la uniformidad cromática de los logos de las marcas que conviven dentro: todos negridorados de repente, desde McDonalds a Gucci, pasando por Massimo Dutti o Mercedes Benz. Milán tiene una relación muy especial con las marcas: las cobija maternalmente, orgullosa de mostrárselas al mundo, y éstas obedecen el mandato de Mamá Milán, que insta a sus hijitas a uniformizarse coherentemente.

A nadie sorprende entonces que en Milán las archifamosas marcas de ropa y complementos monten sus propios cafés. Dos ejemplos sirven de muestra: el de Gucci en la galería Vittorio Emanuele II o el Armani Caffè, de interior sin estridencias, en la Via Croce Rossa. Pero es el exclusivísimo Quadrilatero d´Oro, formado por las calles Sant´Andrea, Della Spiga, Montenapoleone y Via Manzoni, donde se encuentra el verdadero parque temático plusmarquista de ese sustantivo tan importante para Milán que es la moda. ¿Para qué buscar la belleza en los edificios del Quadrilatero si la mirada no se levanta más que a la altura de los escaparates? Entre ellos, el más resultón es el de la marca Viktor and Rolf, en la via Sant´Andrea, cuya tienda está montada íntegramente al revés, con el parqué en el techo y las sillas colgando de él.

Pero si Milán está orgulloso de sus modistas, más lo está de una institución cultural que este año se convierte en sesentona, tal como figura en los neones de su puerta: el Piccolo Teatro di Milano. Fundado por Giorgio Strehler y Paolo Grassi en 1947, el Piccolo consiste hoy en tres salas de teatro que funcionan a todo vapor: En el barrio de Brera está el Strehler; enfrente, el Teatro Studio, y en la sede legendaria de la Via Rovello, el Teatro Grassi. Los tres tienen una oferta tan variada que ni siquiera deja los lunes mortecinos sin un espectáculo que llevarse a la boca.

Si decidimos pasar a otra palabra y explorar lo que en Milán se entiende por diseño ―o design, como lo dicen allí a la manera anglo―, estamos gratamente obligados a atravesar el Parco Sempione, dejar atrás el Castello Sforzesco, que con su aspecto Exin-Castillos ofrece en su interior museos como el egipcio y el de arte antiguo, y continuar por Via Alemagna hasta dar con el edificio de la Triennale di Milano, construido en 1933 por Giovanni Muzio y que espera albergar el museo del diseño antes de 2008. Mientras tanto, exposiciones temporales muy bien montadas y una librería que genera urgencia de gasto a cualquiera que entre en ella son las propuestas nada desdeñables del recinto. Recomendables son los conciertos que se programan antes del brunch de los domingos en su café-restaurante, un espacio blanquísimo y semisilencioso  donde no tienen cabida platos de rigatoni amatriciana sobre mantel de cuadros rojiblancos, sino más bien gente vestida de negro comiendo arroz basmati y mirando a traves de la ventana la fuente Bagni Misteriosi de Giorgio De Chirico, que se encuentra en el parque contiguo.

El Museo Studio Achille Castiglioni, a diez minutos a pie del edificio de Muzio, también forma parte de la Triennale y es una de las experiencias más peculiares que se pueden vivir en Milán: el creador de muchas de las sillas y lámparas que hoy vemos en tiendas de muebles vintage vivió aquí hasta que murió en 2002. Si llamamos a la puerta de su estudio, su hija Giovanna y su perro nos dan la bienvenida y nos guían a través de la cotidianidad del reputado arquitecto y diseñador industrial. Todo está tal como él lo dejó: sus colecciones de revistas, las postales que recibía y su armario lleno de objetos inusuales encontrados por el mundo como gafas de marmolista o escobillas para deshollinar.

Museo-Estudio Achille Castiglioni

Pero la Triennale no acaba ahí, sino que sigue expandiendo sus tentáculos en un Milán que crece: Bovisa, una zona de la periferia con posibilidades, es el sitio elegido para instalar su siguiente sala, la Triennale Bovisa. Y es que Milán es un lugar perpetuamente in allestimento, frase que figura también en los escaparates que se encuentran en proceso de cambio. Además de Bovisa hay otros distritos―llamarlos “barrios” resulta antiguo― del extrarradio milanés en continuo movimiento: la Fiera de Milano, cuyo nombre felino encierra un espacio de encuentro entre profesionales de diversos sectores, es uno de ellos. Otro es Bicocca, que alberga el Hangar Bicocca, un macrorrecinto de creación contemporánea donde la palabra proyecto brilla con esplendor. En la zona norte de Milán, más arriba de la Stazione Garibaldi, se oculta discreto el multifacético barrio de L´Isola. Una vez allí es casi obligatorio pasarse por el Blue Note, hermano del neoyorquino club de jazz homónimo, que las mañanas de domingo ofrece concierto y brunch. Los fines de semana también se pueden comer menús baratos en casas okupadas (¿se nos ocurre algo más alejado de Prada y Gucci?) o en asociaciones culturales de ambiente afable como el Circolo Familiare Sassetti.

Esa sensación de provisionalidad, de que las cosas están aún por suceder, también la encontramos al sur de la ciudad: el barrio de Porta Ticinese, cercano a los navigli ―los dos canales milaneses, de aires más amsterdameños que venecianos― merece una visita sobre todo vespertina. Desde la estación de metro Porta Genova llegamos enseguida a Alzaia Naviglio Grande, el más animado de los dos canales. Su atmósfera relajada y grafitera, con una barra improvisada en la barandilla en su orilla montada por los del bar Luca & Andrea, nos gusta desde el primer momento. El amarillo pálido es el color oficial de las fachadas de las casas en la zona junto al verde botella de las contraventanas. De repente, todo cobra un aire de ruralidad que no deja de sorprendernos: desde luego, no es esta la Italia estereotipada que uno suele tener en la cabeza. Si andamos en busca de la verdadera y codiciada identidad, Ripa de Porta Ticinese, la acera de enfrente de Alzaia Naviglio Grande, tiene excelentes muestras: Made in Ripa, un bar simpático con sillas de escuela primaria es una de ellas; la otra es la heladería casi contigua, que se limita a llamarse “rinomata gelateria” y está decorada con cientos de cucuruchos dispuestos tras las vitrinas. Un verdadero antídoto contra la vida franquiciada que solemos llevar.

También podemos pasear por el otro canal, el Naviglio Pavese y por las calles que lo atraviesan.

Naviglio, Milán

En la Via Gentilino se encuentra La Madonnina, una trattoria frecuentada por lugareños, con menú escueto pero rico con platos como pasta con sardinas y la ineludible cotoletta milanesa. Si en cambio decidimos quedarnos a cenar en Alzaia Naviglio Grande no sufriremos decepción alguna al pedir unos ravioli gigantescos rellenos de patata y ¡conejo! en Il Coniglio Bianco. Otra opción atinada sería acercarnos a ver una expo al centro internacional de fotografía FORMA, o también entregarnos al consumo en el marco del subquadrilatero d´oro existente en el Corso Porta Ticinese: anticuarios del siglo XX como 1950 Studio, que vende sillones rosas en forma de Barbapapá; tiendas de ropa de segunda mano y, cómo no, las primas jóvenes y traviesas de las grandes marcas: Custo, Carhartt o Fornarina, representadas a lo largo de toda la calle.

Por último y para guardar una imagen del Milán más sobrio y clásico, del Milán que ofrece la anhelada calidad de vida, podríamos pasar un día entero conociendo el céntrico barrio de Brera, donde se pueden visitar museos como el Poldi Pezzoli, un gabinete de curiosidades variadísimo surgido de la colección de la familia del mismo nombre, o darse un paseo por la calle que da nombre al barrio, la Via Brera. En ella está la reputada Pinacoteca de Brera. Su joya principal, a modo de Gioconda discreta, es el Cristo yacente de Mantegna, de visita necesaria para todo aquel que desconozca la palabra escorzo. Visitar la pinacoteca implica tomarse un aperitivo vespertino, de 6 a 9, en los bares de la zona micropeatonal a dos pasos de la pinacoteca: el Jamaica o el Bar Brera son las alternativas típicas. Si se busca algo un poco temático hay que dirigirse a la Via Fiori Chiari, donde existe un bar llamado Al treno di mezzanotte, ambientado en un Orient Express ficticio, que tiene su gracia los domingos por la mañana tras pasear por el mercadillo de antigüedades y bisutería añeja que se monta allí mismo.

Dejando atrás las antigüedades y volviendo al siglo XXI, no podemos pasar por la Via della Moscova y no visitar la galería Photology, consagrada a la fotografía como su nombre indica. Ineludible es también la Mediateca Santa Teresa, una iglesia barroca convertida hoy en “biblioteca sin libros” donde podemos tener una experiencia propia de la hipermodernidad: la de consultar el mail o cualquier dato digital que nos plazca y tras ello tomarnos un té en su cafetería formato cubo de cristal con árboles reales dentro.

Pero para santuarios de la época en que vivimos, Corso Como 10 es el máximo representante: café, restaurante, bed & breakfast, galería y librería de arte agrupados todos ellos en el número 10 de la calle homónima. Y para comer bien sin preocuparse del diseño dirijámonos hacia la redacción del Corriere della Sera: enfrente está la Latteria San Marco, frecuentada por milaneses, que no se quedan nunca aplatanados en sus casas sino que disfrutan de todo lo que la ciudad pone a su alcance. Cuando viajemos a Milán no nos queda otra que imitarlos.

(Texto publicado en El Viajero de El País el 5 de mayo de 2007)

Bucarest complicado

Entre las ciudades del mapa de Europa sobre las que el viajero no habría puesto el dedo índice como itinerario hasta hace bien poco se encuentra Bucarest. Los vuelos de bajo coste entre Madrid y Barcelona y aquélla han logrado que pronunciar un “este fin de semana me voy a Bucarest” resulte concebible, aunque, eso sí, para viajeros curiosos y sin prejuicios que sepan comprender los avatares por los que ha pasado esta ciudad y aprecien el gran potencial que posee.

Pero ojo, que visitar Bucarest tampoco supone meterse en el túnel del tiempo y aparecer en un mundo perdido para siempre, en un parque temático que recree la vida tras el telón de acero: los rascacielos vidriados conviven desde hace tiempo con las vetustas edificaciones soviéticas en estado de semiabandono; abundan los cafés nuevos y las cadenas de franquicias se han reproducido por esporas. Lo que se nos contó de Bucarest y que sí constataremos in situ es lo perturbador de su mastodóntica Casa del Pueblo, que figura en el Libro Guinness de los Récords por su tamaño. Todos los taxistas de la ciudad relatan al visitante el dato más revelador al respecto: estamos ante el segundo edificio más grande del planeta tras el Pentágono estadounidense. Construido a toda prisa en los ochenta a instancias de Ceausescu, es hoy sede del Parlamento rumano y del Museo Nacional de Arte Contemporáneo (MNAC). Si caminamos hacia él desde el bulevar Unirii experimentaremos un momento neoversallesco al ver la hilera de fuentes y farolas torneadas que se dispusieron a lo largo con el fin de realzar y ennoblecer la polémica construcción. Pero también responderá a nuestras expectativas el esplendoroso pasado decimonónico de resonancias afrancesadas repartido por la ciudad: para dar fe de ello, ahí están esos edificios con mansardas, tejados azules de pizarra y marquesinas en vidrio y hierro.

No hemos de olvidar que Bucarest pertenece a Rumania, y que el fuerte tirón que las costumbres rurales tienen en dicho país forzosamente ha de hallarse también en su capital; de ahí que Bucarest posea dos museos premiados internacionalmente que documentan y valorizan esta realidad sociocultural: el Museo del Campesino Rumano (Muzeul Taranului Român) y el Museo de la Aldea (Muzeul National al Satului). En el primero hallamos los célebres huevos pintados, quizá demasiado frágiles para llevar a casa de recuerdo, y, cómo no, las blusas blancas de manga abullonada con bordados multicolores, llamadas ie. En la tienda del museo se pueden comprar, por unos 45 euros, preciosos ejemplares bordados a mano que en su día pertenecieron a campesinas rumanas: ¿existe algo más fashion que vestir hoy una de estas blusas con pasado rural?

Sobre la misma avenida Kiseleff, pero algo más al norte, cerca de un muy parisiense Arco del Triunfo que por el momento permanece andamiado, encontramos el Museo de la Aldea. En él se exponen construcciones de distintas regiones de Rumania que han sido trasladadas teja por teja y listón por listón para invitar al visitante a moverse por los estilos arquitectónicos populares de regiones como Moldavia, Transilvania u Oltenia, y aprender, por ejemplo, que los pilares de madera tallada originales de la comarca de Gorj, en la que nació el escultor Constantin Brâncusi, fueron a menudo fuente de inspiración para sus piezas de aire totémico polinesio.

Nada más salir del museo, a ambos lados de la avenida Kiseleff, nos espera uno de los puntos fuertes de la ciudad: hectáreas de zonas verdes por las que pasear o en las que sentarse a leer. En Bucarest, afortunadamente, no faltan: desde jardines pequeños y cucos como los del Ateneo, un auditorio construido en el XIX por suscripción popular, hasta entornos más boscosos y llenos de terrazas veraniegas como las del muy recomendable parque Cismigiu. Y como el contacto directo con la naturaleza abre el apetito, sería bueno dirigirse sin más dilación a Casa Doina, un restaurante situado cerca del museo, al cruzar la avenida; su edificio de aires alhámbricos es similar al de bastantes villas y casas bajas construidas en Bucarest a finales del XIX. La sensación de aquí-estoy-a-salvo que proporciona se valora especialmente en una ciudad caótica y tumultuosa como Bucarest. En Casa Doina se puede empezar por alguna sopa típicamente rumana: como la ciorba Taraneasca, con verduras y carne y aderezada con un guindillón verde, afortunadamente optativo.

Edificios renovados

Para hacerse una idea completa de Bucarest hay que visitar su casco antiguo o Curtea Veche. En cualquier ciudad, las mayores expectativas están puestas en aquél, y Bucarest espera entre paciente e inquieta el final de las obras de remodelación del suyo. Pasear por las calles Lipscani, Selari, Smârdan y Stavropoleos es reparar en los tiempos de cosmopolitismo que vivió esta ciudad, pero también aguardar con ilusión los que vendrán. Los edificios, ya renovados y lustrosos, de la Banca Nacional y del Museo de Historia Natural nos hablan tanto de ese pasado glorioso como de un futuro prometedor. Y a estas alturas nos habremos dado cuenta de que en Bucarest hay que saber hurgar en busca de secretos, de ahí que practiquemos la sana costumbre de entrar a los patios de las casas, que a menudo, tras una fachada anodina, esconden esculturas, iglesias e incluso bares. En el número 9 de la calle Selari se encuentran varios: no perderse el Lucky 13, local sin pretensiones, pero acogedor, con su enorme estufa de cerámica blanca en un rincón y molduras antiguas en el techo.

En la esquina de Stavropoleos y Smârdan, esta última ejemplo de lo bien que quedarán remodeladas estas calles medievales, nos topamos con Market 8, bar donde se da cita el moderneo local e internacional. Y mientras esperamos a que concluya la restauración del imponente caravansar Hanul lui Manuc, la actual joyita peculiar del centro bien podría ser el pasaje Villacrosse-Macca, a la altura del 22 de la avenida Victoriei: una pequeña galería semicircular con techo de cristal amarillo que lo impregna todo de una especie de sol artificial. Allí descubriremos cafés y restaurantes de comida rumana como Ana Rustic.

Si bien caeríamos en lo manido al aplicarle a la capital rumana el eslogan “ciudad de contrastes”, no nos faltaría razón al hacerlo. Una manera simple de comprobarlo es, al pasear por la apacible calle Dumbrava Rosie, merendar en el jardín zen de la tetería Serendipity y, media hora más tarde, plantarnos en Piata Unirii, cuya atmósfera de perenne mercadillo, unida al tumulto de cables -del tranvía, del trolebús, de la electricidad- que en ella confluyen, nos hace creer que estamos en una ciudad distinta a la anterior. Pero el antídoto más eficaz contra el bullicio es visitar alguna de las iglesias ortodoxas con las que nos toparemos cada dos por tres, muchas de ellas escondidas tras bloques de viviendas de estilo soviético. Las hay con frescos externos como la Biserica Curtii Vechi, la más antigua de la ciudad, o de aspecto indudablemente moscovita como San Nicolás, construida en 1909 por su tocayo el zar Nicolás II en la calle Ion Ghica. Con suerte, en alguna habrá un trío de parroquianos o popes cantando himnos bizantinos, o una anciana encendiendo velas en las casitas metálicas con chimenea que se encuentran indefectiblemente a la entrada de cualquier iglesia de rito ortodoxo rumano: una siempre dedicada a los vivos (vii) y otra a los muertos (morti).

A la hora de planear el ocio vespertino es fácil que optemos por escuchar música en directo: en Bucarest la gente lleva a menudo fundas de violín por la calle y se anuncian por doquier eventos dedicados a su compositor más célebre, George Enescu, que figura en los nuevos y aún inmaculados billetes de cinco lei. Echando mano del Time Out, que se publica en inglés semanalmente, veremos que en museos como el Nacional de Arte o en la Sala Palatului suele haber conciertos de música bizantina, además de música folclórica rumana o jazz en bares y otros locales. Por ejemplo, la popular cervecería Caru’cu Beru. Su terraza está muy codiciada, pero su interior es tan infinitamente modernista que da pena quedarse fuera. Probar allí la polenta o mamaliga, el acompañamiento nacional de muchos platos, es obligatorio. Otra opción para cenar -y, de paso, explorar la encantadora decadencia de la ciudad- es el Gattopardo Blu, en el edificio de la Unión de Escritores. Sus boiseries, lámparas de araña y espejos viscontianos, sumados al resto de imágenes que ofrece Bucarest, nos harán disfrutar de una ciudad que ya no necesita al Conde Drácula como reclamo para atraer visitantes.

(Texto publicado originalmente en el suplemento El Viajero de El País el 26 de julio de 2008 bajo el título Antojo de Bucarest)

La cara B de Roma

Puede ocurrir: viajamos a Roma para empaparnos de historia del arte y de repente nos surge la necesidad de alejarnos, aunque sea por un rato, de esculturas, frescos y retablos. Por si necesitamos tomarnos un respiro antes de volver a mirar el pasado cultural de Occidente que atesora Roma, aquí van 10 propuestas a las que acudir.

1 Rialto Sant’Ambrogio

En una callejuela del gueto romano se encuentra este edificio cuyo aspecto tanto nos gusta: por fuera da la impresión de que se va a caer a trozos y por dentro tiene pinta de escuela abandonada, con su patio y todo. Finalmente resulta ser, además de un bar de noche, un contenedor cultural para teatro, cine experimental y música.

– Via di Sant’Ambrogio, 4. Entrada: 5 euros. http://www.rialtosantambrogio.org.

2 Il Boom

Adiós al restaurante de manteles de cuadros rojiblancos, de óleos feos con vistas del Vesubio y simpáticos camareros llamados Giuseppe. Il Boom, en pleno Trastevere, cuenta con su correspondiente juke-box, con portadas de discos rancias y sillas de escay de colores. Además sirve platos creativos como rollitos de calabacín y dorada o menestra de garbanzos, pulpo y romero. Sus dueños han abierto un bed and breakfast del mismo nombre que también es fiel al estilo del restaurante.

– Via dei Fienaroli, 30 A. Trastevere. Sólo cenas. Sobre 25 euros.

– Il Boom Bed & Breakfast: Via Dandolo, 51. 06 86 90 52 26. Trastevere. http://www.ilboom.it.

3 Librería Bibli

En la misma calle de Il Boom se encuentra esta gran librería con horario de farmacia de guardia. En Bibli, además de comprar libros, se puede comer un bufé a mediodía por ocho euros, ir a tomar un té a cualquier hora y asistir a presentaciones y conciertos. A diez metros hay otro lugar que interesará a los asiduos de Bibli: la Libreria del Cinema, cuyos pósteres originales de películas italianas harán babear a más de un cinéfilo.

– Bibli: Via dei Fienaroli, 28. Trastevere. http://www.bibli.it.

– Libreria del Cinema: Via dei Fienaroli, 31 D.

4 Bares con aperitivo

Cambiemos el chip: el aperitivo en Roma no se toma antes de comer, sino a la hora de merendar. El sistema se aprende fácilmente: uno pide cualquier bebida por unos cinco euros (si ya es un experto, pedirá un spritz) y después pasa a servirse comida de una mesa cuyos platos se reponen permanentemente. Destacamos dos lugares: Société Lutece, cerca de Piazza Navona, y Freni e Frizioni, en el Trastevere, ambos de ambiente relajadillo, pero jamás descuidado.

– Freni e Frizioni: Via del Politeama, 4-6.

– Société Lutece: Piazza Montevecchio, 16. Abierto de 18.00 a 2.00.

5 Via del Governo Vecchio

Dejemos al turista en la Via Condotti, mirando con ojillos tristes los escaparates de las tiendas donde nunca podrá adquirir nada, y vayamos a esta calle, no lejos de Piazza Navona. Tiendas vintage como Mado (nº 89 A) y Tempi Moderni (nº 112); otras de ropa peculiar y complementos no tan caros, como los de las marcas de rancio abolengo, y cafés muy del siglo XX como Novecento (nº 12), que sirve para comer, merendar y brunchear los domingos. Pero no nos fijemos sólo en los escaparates: levantemos la mirada al menos para echarle un vistazo a la curiosa decoración de la fachada del edificio situado en el 104 de la calle.

6 Micca Club

Un local amplio, abovedado y decorado con fotos enormes en colores al que merece la pena ir para escuchar jazz en directo. Después del concierto es fácil que pinchen música yeyé italiana, interpretada por las conchitas velasco locales, muy del gusto de la concurrencia. Los domingos se celebra el Micca Market, un mercadillo que incluye merienda-aperitivo.

– Via Pietro Micca, 7 A. http://www.miccaclub.com.

7 Macro Future

Las manifestaciones artísticas contemporáneas tienen también un lugar en Roma, aunque no lo parezca. El Museo de Arte Contemporáneo, Macro Future, ha recuperado un antiguo matadero del barrio del Testaccio para organizar allí sus exposiciones. En la calle contigua, la Via Galvani, han surgido bares y restaurantes como Ketumbar o Pecorino que complementan estupendamente la visita al Macro.

– Piazza Oracio Giustiniani, 4. Testaccio. http://www.macro.roma.museum. De martes a domingo, de 16.00 a 24.00.

– Restaurante Pecorino: Via Galvani, 64. Cierra lunes.

– Ketumbar: Via Galvani, 24. http://www.ketumbar.it.

8 Auditorium Parco della Musica

Un poco más al norte de Villa Borghese, el arquitecto Renzo Piano ha construido un edificio multiusos para conferencias, conciertos, representaciones escénicas y eventos varios. El Auditorium es el lugar donde acude a tocar y actuar la flor y nata de las artes escénicas cuando pasa por Roma. No es alocado decidir pasar una tarde entera allí, visitando su estupenda tienda de libros, discos y DVD llamada Notebook antes de entrar a escuchar un concierto.

– Viale Pietro de Coubertin, 30. http://www.auditorium.com.

9 Barrio de San Lorenzo

Los lugares auténticos donde no va el turista forzosamente tienen que estar un poquito a trasmano. Merece la pena el esfuerzo de ir más allá de Termini y pasear por la Via dei Latini o dei Marsi, al lado de Porta Maggiore. El barrio de Gracia barcelonés o el de Malasaña en Madrid tienen aquí su versión romana. Restaurantes populares como Il Cappellaio Matto, que cumple con el lema “Bueno, bonito y barato”; bares como el Solea Club, con jazz en vivo los jueves, y neopastelerías preciosísimas como Boca di Dama hacen necesario darse una vuelta por la zona, aunque después de las diez haya que echar mano del taxi para volver al centro.

– Il Cappellaio Matto: Via dei Marsi, 25. San Lorenzo. Sólo cenas. Cierra los martes.

– Solea Club: Via dei Latini, 51.

– Boca di Dama: Via dei Marsi, 2-4-6.

10 Centrale Montemartini

No podemos ni queremos evadirnos completamente de la Roma imperial, que esta vez, para disimular, aparece expuesta en una antigua central eléctrica en desuso (Via Ostiense, 106; http://www.centralemontemartini.org). Estatuillas de Orfeo, retratos de Marco Antonio y restos de frisos entre calderas gigantes, compresores y manómetros: dan ganas de aplaudir a quien ideó esta arriesgada pero exitosa apuesta museográfica. Y antes o después, merece la pena una visita al Caffè Letterario (Via Ostiense, 83; http://www.caffeletterarioroma.it), un inmenso local peculiar situado también en Via Ostiense, antigua zona industrial que ya es un referente cultural y de ocio en la Roma de hoy.

(Texto publicado originalmente en El Viajero de El País el 11 de agosto de 2007)

Malasaña en clave diurna

Es fácil asociar el barrio de Malasaña con un estilo de vida nocturno y canallesco que bebe de los restos de la mitificada movida madrileña. Por eso el viajero que visita Madrid durante un par de días no suele incluir Malasaña en su itinerario diurno. Para comer, hacer compras o pasear escogerá otros barrios como Chueca o la zona centro. Ellos se lo pierden, porque Malasaña, con sus pintadas, su desaliño no intencionado y sus negocios variopintos, esconde sorpresas que hacen arquear las cejas del visitante más curioso y que encandilan incluso a aquellos que a las once de la noche empiezan a dar cabezadas de sueño.

Malasaña es fruto de la iniciativa privada; es un barrio hecho a sí mismo cuyo encanto no reside en lugares de interés público como un museo mastodóntico o un teatro oficial. Es cierto que allí se levantan la portada churrigueresca del Museo Municipal, en la calle de Fuencarral, y el teatro Alfil, sede por excelencia de los espectáculos de humor; pero lo hacen a sabiendas de no ser los pilares que sostienen el barrio.

Si todo distrito tiene un epicentro o eje que lo estructura, el de Malasaña sería la plaza del Dos de Mayo, a la que se podría otorgar sin titubeos el Premio Guinness a la mayor concentración de bares con terraza por metro cuadrado. Una vez allí, se puede empezar la ruta por el más nuevo de sus bares: el café de Mahón, colorista y con un nombre coherente con los quesos menorquinos que reinan en sus raciones y tostas. En el rincón opuesto de la plaza se halla uno de sus clásicos: el bar-pizzería Maravillas, cuyo reclamo olfativo es más eficaz que cualquier campaña publicitaria de las caras. La pizza podría ser uno de los hilos conductores del barrio. El invento italiano es la propuesta de Mastropiero, una pizzería legendaria que se ha mudado recientemente a la calle de San Vicente Ferrer. Su fama se debe no sólo a sus suculentas pizzas de dos tamaños, sino también a sus amables dueñas argentinas y a los trozos de tarta con dulce de leche que casi siempre regalan como postre.

Y es que en Malasaña hay oferta de sobra para comer a cualquier hora: para empezar el día con buen pie se puede desayunar en el restaurante Ojalá, en la calle de San Andrés, que desde las nueve de la mañana ofrece una selección de desayunos tan variada como sus meriendas y cenas. Lo mismo ocurre en El Burgado, un local de decoración limpia con efecto sedante que se distingue del resto bajo el título de bocadillería gourmet, como reza su letrero. Tiene wi-fi gratuito, y los fines de semana sirven brunch.

También es posible cenar a la estadounidense en Malasaña: Gumbo Ya Ya (Palma, 63), el hijo gastronómico del Gumbo de la calle del Pez, seduce con sabrosas recetas de comida criolla bajo la luz de sus flexos oficineros. Y en el Burger Bar Home (Espíritu Santo, 12), con pinta de diner norteamericano, el comensal podrá devorar una deliciosa hamburguesa. El local es una de las estrellas del barrio, por lo que se recomienda reservar con antelación.

Otra forma de explicar Malasaña es a través de sus rutas temáticas. Una de ellas es la de los azulejos castizos. Varios locales los mantienen todavía, ya sea en su fachada o en el interior. La esquina idónea para ver baldosines añejos en plena calle es la de la farmacia situada en la confluencia de las calles de San Andrés y San Vicente Ferrer: los anuncios en versión azulejo de “Fumables inofensivos Juanse” o del “Diarretil” de la misma marca remiten a remedios anteriores a Bayer o a GlaxoSmithKline. Estos letreros son perfectos para darse cita en el barrio. Existen más baldosines no muy lejos de aquí: los de la Antigua Huevería, hoy bar de copas de decoración algo teatral que contrasta con su fachada gallinácea, o los de la taberna gallega Casa do Compañeiro, también en San Vicente Ferrer.

Los apasionados de la ropa y los complementos encontrarán aquí su refugio. La calle del Barco es el punto de partida ideal: Corachán y Delgado ofrece una amplia selección de ropa vintage, nueva y usada, que recorre el periodo que media entre las décadas de los treinta y los setenta. También cerca queda Solo Amor,

un negocio decorado como un salón de casa, especializado en ropa noreuropea y muy colorista difícil de encontrar en otras boutiques madrileñas.

Los cómics son otro de los platos fuertes de Malasaña. Entre las tiendas más clásicas cabe destacar Knight Cómics, en el 2 de la calle del Pez, y entre las nuevas, The Cómic Co. (Divino Pastor 17). Los estudios de tatuajes son asimismo negocios típicos. Su baluarte es Mao & Cathy, en la Corredera Alta de San Pablo.

De toda la vida

Y para quien opine que Malasaña no es más que un barrio cool atestado de camisetas modernas, restaurantes alternativos y tiendas de vinilo (Up-beat, en la calle del Espíritu Santo, bien merece una visita), debe acudir a los bares de toda la vida, con suelo de baldosas de estampado tipo mortadela, pero en blanco y negro. El Palentino ejemplifica esta modalidad de locales castizos. Sobreiluminado a base de fluorescentes, con las paredes de espejo y la barra de zinc, este bar frecuentado antaño por personajes pintorescos entrados en años es hoy templo del moderneo treintañero. El bar-restaurante Casa Fidel también ha conservado sus valiosas losetas retro y ha reabierto para servir comida casera ibérica en un ambiente que combina lo minimal y lo rústico. El mejor antídoto contra lo fashion es Arrebato Libros (San Andrés, 12), una pequeña librería de segunda mano llena de tesoros culturales y de pop literario del siglo pasado. Ojo a sus ofertas por un euro que se exhiben en las cestitas de la entrada.

Antes o después del ocio, la gastronomía y el consumo, sería conveniente peregrinar a un lugar que, por su carácter nada convencional, sirve como metáfora de Malasaña. Se trata de Liquidación Total (San Vicente Ferrer, 23), sede de un colectivo de artistas alejados de los fastos mediáticos y emparentado con centros similares en la fría y venerada Europa del norte. Como el resto del barrio, permite descubrir propuestas inusuales.

(Texto publicado originalmente en El Viajero de El País el 29 de septiembre de 2007)