Hermano oso grizzly

Su obsesión por los plantígrados le ha llevado a  inventar un traje especial, el Ursus Mark, para poder estudiarlos sin arriesgar la vida

San Francisco de Asís, Ángel Cristo, Diane Fossey: todos ellos mantienen o han mantenido una relación intensa con animales considerados salvajes,y ante cuya presencia en libertad otros humanos huirían despavoridos. Troy Hurtubise, nacido en Ontario hace 44 años también la mantiene, en concreto con los osos Grizzly, tan frecuentes en los bosques canadienses como lo son los tábanos a orillas de los pantanos ibéricos.

Pero no nos engañemos hacia los simpáticos ositos: el hablar de ellos a menudo en diminutivo y el haber creado todo un universo de ficción a su alrededor compuesto por el Oso Yogui, Winnie the Pooh y los Teddy Bears, entre otros muchos, no los exime de ser, en realidad, animales muy alejados del adjetivo entrañable.Troy era consciente de ello, básicamente porque a los 20 años fue atacado por un oso Grizzly cuando caminaba por los bosques canadienses. Este encuentro tuvo un efecto similar al de la picadura de araña en el futuro Spiderman: Hurtubise decidió aprenderlo todo sobre aquellos animales, y, como herramienta, ¿qué mejor que construirse un sofisticado traje a prueba de osos para que, en sus acercamientos científicos a los Grizzly, su camisa a cuadros de leñador no sufriera ni un mal desgarro?

Pero la conexión entre desear estudiar a los osos y pasar a construirse una inexplicable neoarmadura ha de provenir de un momento epifánico. Dicho momento tuvo lugar ante la televisión: en 1987, mientras Troy veía RoboCop y por eso no es de extrañar que el pret-à-porter plantígrado diseñado por Hurtubise tenga esa estética transformer tan característica. Durante 15 años estuvo urdiendo planes y perfeccionando ideas hasta obtener, ya en los 90, su primer modelo: el Ursus Mark VI, un traje con nombre de transbordador espacial que pesaba 65 kilos y parecía cumplir todos los requisitos para el avistamiento cercano de osos. No fue así: su interlocutor osuno logró desgarrar la cota de malla del Mark VI, con el consiguiente riesgo para Hurtubise, que vio necesaria la construcción del Ursus Mark VII, una versión 5.1 del anterior, fabricado principalmente en acero inoxidable, con un peso de 84 kilos y, esta vez sí, cota de malla a prueba de tiburones.

Si Troy intuía que su alocado proyecto lo iba a convertir en un representante oficial de la cultura pop, eso no nos consta. Para empezar, el National Film Board de Canadá supo de su invento y se interesó por él inmediatamente. Esto dio lugar al documental Project Grizzly (1996), dirigido por Peter Lynch, que logra captar la mezcla entre sinceridad y estetío-está-como-un-cencerro del su personaje estrella. En la película se documentan visualmente las hercúleas pruebas que Troy realizó con su traje blindado antes de mostrárselo a la comunidad Grizzly: despeñarse repetidamente por laderas escarpadas, recibir choques frontales de un coche más veces de las aconsejadas por la Organización Mundial de la Salud y otras felonías que daban fe de la resistencia tanto del Ursus Mark VII como del propio Troy. Y no podemos dejar de citar aquí un dato doloroso que surge por asociación libre: si Hurtubise está vivo gracias a sus dos Ursus Mark, no pueden decir lo mismo Timothy Treadwell y Amie Huguenard, amantes también de los osos Grizzly y fallecidos a zarpas de uno de ellos en el Parque Nacional de Katmai (Alaska). Otro documental de título parecido habla de ellos: el celebrado Grizzly Man (2005) de Werner Herzog.

Project Grizzly fue elogiado por Tarantino. Homer Simpson se construyó un traje a prueba de osos emulando a Troy en uno de los capítulos de la serie y entre marzo y abril de 2007 se realizó una exposición colectiva en la galería Flux Factory de Nueva York donde se rendía tributo al proyecto vital de Troy. Además, el canadiense fue galardonado en 1998 con un Premio Ignobel, la versión paródica de los Nobel suecos, por su traje blindado. Un premio como este, otorgado normalmente a prototipos de inventor chiflado, es el idóneo para Troy, que da el perfil exacto no sólo por sus trajes anti osos, sino también por proyectos como Luz Angelical (Angel light), dispositivo que le permite ver a través de las paredes, o la Pasta de fuego (Firepaste), una especie de masa similar a la cerámica que no arde ni a cañonazos.

(Artículo publicado originalmente en la sección Reciclaje del suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 7 de noviembre de 2007)

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greguería tridimensional

Llega una nueva generación de objetos imposibles surgidos de la mente de diseñadores pioneros, como Jacques Carelman o Kenji Kawakami

Existen y son adquiribles las sandías cuadradas que permiten ahorrar espacio en su almacenamiento, el salvaeslip para tanga, las tiritas negras para pieles oscuras y la fiambrera de plástico especialmente concebida para albergar plátanos. Esta alta concentración de especificidad en ciertos objetos se debe casi siempre a la mente de los diseñadores industriales quienes, tras detectar cualquier nueva micronecesidad humana, se reúnen con urgencia en un despacho amplio y diáfano y tratan de paliarla dándole apariencia de manufactura.

Uno de los precursores de estos frutos del ingenio que creemos recientes fue el artista francés Jacques Carelman, quien preparodió cachivaches similares a los arriba citados en su Catálogo de Objetos Imposibles publicado en 1969. Tras leer en su infancia el de la fábrica de armas y velocípedos de Saint-Étienne, el joven Carelman sufrió una especie de epifanía que le llevó a reparar en las inmensas posibilidades del catálogo como objeto artístico y, años más tarde, a crear el suyo propio. En él encontramos desde unos (poco) prácticos moldes para fruta, que se han de colocar en ellas cuando aún están en el árbol para que tomen formas de pez, avión o pistola, hasta un cartel con flecha indicadora no violenta ¾con ventosa en lugar de punta¾ que resulta perfecto para maniáticos de la corrección política.

En un deshojar perpetuo de la margarita del me-facilita-la-vida/me-la-dificulta, los objetos de Carelman beben de la tradición dadaista y surrealista ¾las páginas de su catálogo están llenas de citas de Tzara, Bretón y Duchamp¾ y, quizá sin que él mismo sea consciente, de las greguerías de Gómez de la Serna, descritas por su autor como suma de metáfora + humor. Si Joan Brossa y Chema Madoz, por poner dos ejemplos peninsulares, han logrado extraer todo el potencial artístico de un objeto aparentemente convencional, Carelman ha sabido mostrar sus inmensas posibilidades de uso y su ridiculez en todo su esplendor, de ahí que todavía tengamos en mente su producto estrella: la cafetera para masoquistas, que junto a otros objetos ha sido expuesta en ciudades tan dispares como Madrid, Jerusalén, Tokyo o Hamburgo.

Y como todo lo inimitable parece suscitar la necesidad de ser recreado, al objeto carelmaniano le salió en los noventa un sobrino lejano japonés: el Chindogu, que literalmente significa herramienta extraña o deformada. Su artífice, Kenji Kawakami, ha reunido estos inventos aparentemente inútiles y descabellados en cuatro libros y, desde el prólogo del primero de ellos, nos anima a lanzarnos a la fabricación de engendros variopintos como el masticómetro o la uña del pulgar para pelar naranjas. Eh, eh, pero no vale con limitarse a abocetarlos en una servilleta de papel para echarse unas risas al respecto: el arte del Chindogu posee su propio decálogo en el que se aclara que, para ser considerado un chindogu de pro, el objeto ha de haber sido construido, si bien no puede venderse ni patentarse.

Al hojear ambos catálogos, sus puntos en común son fácilmente detectables: la fascinación por la navaja suiza, el poliobjeto por antonomasia, es uno de ellos. Tanto Carelman como Kawakami tienen pinta de haber disfrutado como enanos en su relectura, que llevó al primero a redimensionarla y transformarla en un artilugio del que salen un cepillo de dientes, un plumero y un revólver, y al segundo a convertirla en un aparato inmanejable del que brotan herramientas de jardinería.

Pero hay dos objetos de primera necesidad cuya presencia frecuente en ambos catálogos nos da bastante que pensar: ¿De dónde viene esa compulsión por versionar gafas y paraguas? Parece obvio que ha de haber alguna carencia en esos dos objetos cotidianos que suscite tanta relectura aparentemente humorística. Lo que el diseño industrial no ha logrado hacer de ellos, Carelman y Kawakami se ven casi obligados a conseguirlo: el paraguas porta-bolsas de la compra, el concebido para países secos, el especial para zapatos… así como las gafas antivértigo, las diseñadas para pelar cebollas o las dotadas de un embudo para aplicarse gotas en los ojos con facilidad. Y en medio de toda esa actividad cerebral desmesurada estamos nosotros, medio acostumbrados a nuestros incompetentes paraguas que se dan la vuelta con la primera ráfaga de viento, y resignados a que nuestras gafas se sigan empañando indefectiblemente al entrar en un lugar caldeado en invierno. Nos urge un chindoguista de guardia que venga a subsanarlo con un invento ad hoc. Y si esto no es posible, siempre nos quedará el Profesor Franz de Copenhague.

Enlaces

http://www.designboom.com/eng/

http://www.cienaniosdeperdon.com.ar/IO/

http://home.bawue.de/~jtesch/chindogu.html

(Artículo publicado originalmente en sección Reciclaje, suplemento Cultura/s, La Vanguardia, 6 de julio de 2005)