‘Harry Potter’ de Avellaneda

Unos le llaman homenaje y otros directamente plagio, pero lo cierto es que los personajes del universo Rowling se multiplican

El gusto por lo apócrifo data de tiempos inmemoriales. Le pasó a Cervantes y le ha pasado a J. K. Rowling, a quien le salen Harries y Harriettes espurios por doquier a nada que se despista. La que más ha hecho enfadar a la escritora escocesa ha sido Tanya Grotter, una niña rusa dotada de sus correspondientes poderes mágicos y lunar distintivo que, a falta de escoba, viaja en un contrabajo volador. Mientras los abogados de Rowling hablan de plagio, su autor, Dimitri Yemets, prefiere emplear el término respuesta cultural y sostiene que las historias protagonizadas por su bruja en ciernes se basan en la tradición folklórica rusa. A pesar de este carácter localista, Dimitri trató de situar a Tanya no sólo en países de alfabeto cirílico sino también en Holanda, donde, en 2003, la editorial Byblos tuvo que vérselas con Rowling y Time-Warner y, tras el careo, retirar los 7000 ejemplares del libro de Yemets publicados en los Países Bajos.

Las principales reticencias que genera la comercialización de estos libros parecen estar directamente relacionadas con la vista cansada de los abuelos: a los niños, tan hipersensibles a la marca y a la autenticidad de lo que consumen, nunca les darían Tanya por Harry pero, ay, el abuelete que se ha dejado las gafas de cerca en casa y quiere hacerle un regalo a sus nietos es fácil que no distinga cuál es la portada auténtica, pues también en las de esos otros libros se emplea despreocupadamente la tradicional tipografía harrypotteriana que tan bien conocemos. En cualquier caso, el miedo a que hordas de Rompetechos potenciales agoten por error las existencias de la obra completa de Karl Popper cuando lo que buscaban eran historias sobre un aprendiz de mago parece un poco desmedido. De hecho, la parodia feroz de su retoño, aunque se venda como churros en todo el mundo, no le parece mal a la mamád e Harry, que no pone pegas al norteamericano Michael Gerber para que siga adelante con su microsaga de tres libros cuyo personaje central es Barry Trotter, un reformulado Harry Potter quien, a sus 22 años, sigue siendo alumno del colegio Hogwash en lo que supone una muestra de realismo social.

Afortunadamente, la saludable forma de homenaje que supone la parodia ha seguido produciendo títulos como Harry Plodder y la piedra del riñón,una historieta de Desmond Devlin y James Warhola aparecida en marzo de 2000 en la revista estadounidense de humor Mad Magazine,que se animó a dedicar por entero su número de diciembre de 2001 al personaje de Rowling.

Y si nos ponemos muy harrycentristas tendremos que considerar plagiarios por anticipación hasta a los Monty Python, que crearon el personaje de Harold Potter en el séptimo episodio de su Flying Circus,o a Nancy Stouffer, quien aseguró haber publicado en los ochenta The Legend of Rah and the Muggles, con Larry Potter en el papel principal. Desde su página web pobremente diseñada, la infausta Nancy sigue tratando de alzar su voz y de animar a sus seguidores a enviarle muestras de apoyo en forma de dinero a una dirección de Pennsylvania. Siendo realistas, el plagiario por anticipación tiene tirando a pocas oportunidades de salir adelante, y eso lo sabe hasta Luixi Toledo, el presunto creador genuino del tema Thriller, popularizado injusta y universalmente por Michael Jackson.

Tras dejar a un lado a esos gamberretes que deforman el universo Rowling para hacerse con unos cuantos dólares, centrémonos en los verdaderos devotos de su obra: los autores de fanfictions o, en versión abreviada, fanfics. La ficción creada por fans (de ahí su nombre) se divulga copiosamente por internet en páginas especializadas en las que los autores, muchos de ellos espeluznantemente jóvenes, respetan todos los elementos que acompañan tradicionalmente al Harry Potter de los siete tomos y se dedican a imaginar nuevas historias que el Ur-Harry nunca tendrá ocasión de vivir: desde un rollete con el profesor Snape aun idilio tórrido con Hermione, porque todos los cruces sentimentales entre personajes son válidos, especialmente en el subgénero slash,que engloba los fanfics de temática homosexual. Como con frecuencia sucede que los hinchas de Harry Potter lo son también del universo Tolkien o de Bola de Dragón, o de otros personajes imaginarios, la categoría de fanfiction denominada crossovers, que haría interactuar sin pudor a Frodo con Voldemort, es una de las más populares.

La red ha facilitado la reproducción por esporas de este tipo de narrativa, que, muy probablemente, ya practicaran los niños criados a base de productos Enid Blyton a pesar de que las posibilidades de divulgación de sus fanfics fuesen irrisorias. Lástima, porque quién no ha fantaseado, tras empacharse de aventuras de Los Cinco, con una ambigua Georgina achispada por unas cervezas de jengibre que por fin se abalanza sobre la modosita Ana o, fuera del mundo Blyton, con una salida de armario del servil Sancho o del naranja Epi. Por suerte, ahí está internet como herramienta para divulgar nuestro derecho a ser Pierres Menards a tiempo parcial.|

(Artículo publicado originalmente en la sección Reciclaje del Suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 4 de mayo de 2005)