greguería tridimensional

Llega una nueva generación de objetos imposibles surgidos de la mente de diseñadores pioneros, como Jacques Carelman o Kenji Kawakami

Existen y son adquiribles las sandías cuadradas que permiten ahorrar espacio en su almacenamiento, el salvaeslip para tanga, las tiritas negras para pieles oscuras y la fiambrera de plástico especialmente concebida para albergar plátanos. Esta alta concentración de especificidad en ciertos objetos se debe casi siempre a la mente de los diseñadores industriales quienes, tras detectar cualquier nueva micronecesidad humana, se reúnen con urgencia en un despacho amplio y diáfano y tratan de paliarla dándole apariencia de manufactura.

Uno de los precursores de estos frutos del ingenio que creemos recientes fue el artista francés Jacques Carelman, quien preparodió cachivaches similares a los arriba citados en su Catálogo de Objetos Imposibles publicado en 1969. Tras leer en su infancia el de la fábrica de armas y velocípedos de Saint-Étienne, el joven Carelman sufrió una especie de epifanía que le llevó a reparar en las inmensas posibilidades del catálogo como objeto artístico y, años más tarde, a crear el suyo propio. En él encontramos desde unos (poco) prácticos moldes para fruta, que se han de colocar en ellas cuando aún están en el árbol para que tomen formas de pez, avión o pistola, hasta un cartel con flecha indicadora no violenta ¾con ventosa en lugar de punta¾ que resulta perfecto para maniáticos de la corrección política.

En un deshojar perpetuo de la margarita del me-facilita-la-vida/me-la-dificulta, los objetos de Carelman beben de la tradición dadaista y surrealista ¾las páginas de su catálogo están llenas de citas de Tzara, Bretón y Duchamp¾ y, quizá sin que él mismo sea consciente, de las greguerías de Gómez de la Serna, descritas por su autor como suma de metáfora + humor. Si Joan Brossa y Chema Madoz, por poner dos ejemplos peninsulares, han logrado extraer todo el potencial artístico de un objeto aparentemente convencional, Carelman ha sabido mostrar sus inmensas posibilidades de uso y su ridiculez en todo su esplendor, de ahí que todavía tengamos en mente su producto estrella: la cafetera para masoquistas, que junto a otros objetos ha sido expuesta en ciudades tan dispares como Madrid, Jerusalén, Tokyo o Hamburgo.

Y como todo lo inimitable parece suscitar la necesidad de ser recreado, al objeto carelmaniano le salió en los noventa un sobrino lejano japonés: el Chindogu, que literalmente significa herramienta extraña o deformada. Su artífice, Kenji Kawakami, ha reunido estos inventos aparentemente inútiles y descabellados en cuatro libros y, desde el prólogo del primero de ellos, nos anima a lanzarnos a la fabricación de engendros variopintos como el masticómetro o la uña del pulgar para pelar naranjas. Eh, eh, pero no vale con limitarse a abocetarlos en una servilleta de papel para echarse unas risas al respecto: el arte del Chindogu posee su propio decálogo en el que se aclara que, para ser considerado un chindogu de pro, el objeto ha de haber sido construido, si bien no puede venderse ni patentarse.

Al hojear ambos catálogos, sus puntos en común son fácilmente detectables: la fascinación por la navaja suiza, el poliobjeto por antonomasia, es uno de ellos. Tanto Carelman como Kawakami tienen pinta de haber disfrutado como enanos en su relectura, que llevó al primero a redimensionarla y transformarla en un artilugio del que salen un cepillo de dientes, un plumero y un revólver, y al segundo a convertirla en un aparato inmanejable del que brotan herramientas de jardinería.

Pero hay dos objetos de primera necesidad cuya presencia frecuente en ambos catálogos nos da bastante que pensar: ¿De dónde viene esa compulsión por versionar gafas y paraguas? Parece obvio que ha de haber alguna carencia en esos dos objetos cotidianos que suscite tanta relectura aparentemente humorística. Lo que el diseño industrial no ha logrado hacer de ellos, Carelman y Kawakami se ven casi obligados a conseguirlo: el paraguas porta-bolsas de la compra, el concebido para países secos, el especial para zapatos… así como las gafas antivértigo, las diseñadas para pelar cebollas o las dotadas de un embudo para aplicarse gotas en los ojos con facilidad. Y en medio de toda esa actividad cerebral desmesurada estamos nosotros, medio acostumbrados a nuestros incompetentes paraguas que se dan la vuelta con la primera ráfaga de viento, y resignados a que nuestras gafas se sigan empañando indefectiblemente al entrar en un lugar caldeado en invierno. Nos urge un chindoguista de guardia que venga a subsanarlo con un invento ad hoc. Y si esto no es posible, siempre nos quedará el Profesor Franz de Copenhague.

Enlaces

http://www.designboom.com/eng/

http://www.cienaniosdeperdon.com.ar/IO/

http://home.bawue.de/~jtesch/chindogu.html

(Artículo publicado originalmente en sección Reciclaje, suplemento Cultura/s, La Vanguardia, 6 de julio de 2005)