Desorden y progreso

Principios de octubre. Auditorio Sanders de la Universidad de Harvard. Mil cien pares de gafas montura metálica con cristales de más de cinco dioptrías acompañados por sus correspondientes dueños: se trata de la ceremonia anual de entrega de los premios Ig Nobel, una parodia de los Nobel suecos que, desde 1991, galardona a aquellos que realicen los descubrimientos e inventos más patéticos del universo.

Sus artífices son Marc Abrahams, actualmente columnista en The Guardian,y otros ideólogos de la revista de humor científico (si es que existe tal categoría) Annals of Improbable Research,una especie de Mad Magazine para investigadores. En efecto, la palabra nerd se nos viene a la cabeza de inmediato ante este grupo de gente que bloquearía la máquina de corregir tests de inteligencia con sus altísimos resultados y que se reúne anualmente para, entre carcajadas, premiar descubrimientos tan reales y complejos como inútiles. Por algo el lema de los premios es Primero reírse y después pensar.

Un breve vistazo a la lista de hallazgos distinguidos con el galardón nos hace ver que muchos de ellos están en su mayoría conceptualmente emparentados con los objetos imposibles de Jacques Carelman o con los inventos descabellados del japonés Kawakami. Algunos proyectos, como el del tokiota Yoshiro NakaMats, Ig Nobel de nutrición en 2005 por fotografiar y analizar retrospectivamente todas sus comidas durante 35 años, podrían llegar incluso a ser confundidos con obras de Sophie Calle.

Cataluña y las comunidades valenciana y balear están orgullosas de ser las representantes españoles en los Ig Nobelizados gracias al tarraconense Eduardo Segura (Ig Nobel de Higiene por la invención de una lavadora automática para perros y gatos) y a Carmen Roselló, de la Universidad de Baleares, que, junto a un equipo de científicos de la Politécnica valenciana, focalizó su atención en algo tan poco mediterráneo como la velocidad de los ultrasonidos en el interior del queso Cheddar.

Pero además de premiar a candidatos cuyo perfil típico sería un cruce entre Marie Curie y Jerry Lewis en su papel de profesor chiflado, los organizadores han aprovechado algunas ediciones del premio para dar codazos ideológicos a gobernantes y multinacionales otorgándoles irónicos Ig Nobeles: en 1996 el de la paz recayó en Jacques Chirac “por conmemorar el cincuenta aniversario de Hiroshima realizando pruebas nucleares en el Pacífico”. Esta modalidad de premio-denuncia ha ido remitiendo paulatinamente en favor de proyectos menos dañinos para la humanidad; prueba de ello es el Ig Nobel de la paz entregado al japonés Daisuke Inoue, inventor del karaoke, “una manera totalmente nueva de enseñar a la gente a tolerar a los demás”.

La dinámica de la entrega de premios es, como no podía ser menos, muy solemne. A falta de reyes de Suecia, ocupados en los preparativos del Nobel oficial, se cuenta con los reyes de las albóndigas suecas (The King and Queen of Swedish Meetballs)para presidir el evento. Después llega el momento de las consabidas medallas, aplausos y discursos. Para controlar su duración, nadie más eficaz que Miss Sweetie-Poo, una niña de ocho años que no tiene pudor en mostrar su aburrimiento a gritos si los participantes se exceden en el número de minutos que les han sido concedidos para hablar.

Además, el acto proporciona un espacio para que los miembros del Luxuriant Flowing Hair Club for Scientists (Club para científicos de cabellera suelta y abundante) luzcan sus melenas y sean merecidamente aplaudidos por ellas. Con esta última iniciativa se lo pasan especialmente pipa los chicos de Improbable Research:no hay más que ver el orgullo con el que exhiben en su página web (www. improbable. com) las fotos de los científicos que pertenecen a esta versión amigable y capilar de la sociedad secreta Skull and Bones.

Y por si en algún momento se nos hubiera cruzado por la mente que los Ig Nobelizados fuesen unos quiero-y-no-puedo en el campo del saber, tenemos el caso de Roy Glauber para desmentirlo. Glauber, que fue el encargado de barrer durante años los avioncitos de papel que sus graciosos compañeros de ceremonia Ig Nobel lanzaban durante aquella (calculando mentalmente en segundos la trayectoria hiperbólica que harían, por supuesto), viajó a Estocolmo en 2005 para recibir un auténtico premio Nobel de física.

Con tantísimas atracciones, la rabia ante la imposibilidad de acudir a Boston en octubre nos llevará seguramente a darnos cabezazos contra la pared. No es necesario: por suerte, los chicos listos y excéntricos de Ig Nobel realizan una gira anual por distintas ciudades del Reino Unido y otros países europeos a modo de titiriteros superdotados.

(Artículo publicado originalmente en la sección Reciclaje del suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 10 de octubre de 2007)